Me toman el pelo, se lo beben sin respirar, con tragos descomunales. Mal trago para mí, calvo de venganza hacia gente tan poco respetuosa con mi cuero descabellado, con mis rizos que desaparecen tras la voracidad de ustedes, de cada una de las células que me invadieron hace tantos años, que nunca me permitieron salirme y decirles cuánto quiero no ser ustedes, cuanto deseo no limitarme a tener el pelo castaño, a tener que atenerme a las consecuencias de tener un metro ochenta, un carnet de identidad, una nacionalidad que me hace extranjero en todas las otras, que me hace depender de un apellido que me anuda a miles de parientes que tratan de prestigiar mi sucio nombre, que tratan de lavar mi imagen desmembrada, mi ilusión de que soy otro.
Trato de imponer el poder de las palabras frente a las palabras del poder y nazco un imbécil, un depredador de mis ansias de sobreponerme a la autoridad Suprema, usando mi autoridad sin rumbo, mi desesperada ignorancia frente a todo lo que existe, sobre todo frente a frente conmigo, cuando me reflejo sin intención en los espejos que me devuelven una imagen de alguien que sólo los demás pueden ver, que nunca veré con mis propios ojos, que nunca veré qué expresión tiene ese rastro de rostro frente a la idea de la muerte, frente a la palabra «amor», frente a la noticia de que no hay remedio para el virus que nos creó y nos destruirá.
Estoy a los pies de la Estatua de la Libertad, le pregunto porqué representa a la Libertad y nunca se movió de su pétreo pedestal neoyorkino, de su inmovilidad, de su brazo levantado. Me paro entre ella y mis dudas, me planto y me pregunto sobre su materialización, sobre sus invisibles cadenas gigantescas, sobre los cadáveres que la mantienen erguida, como si su metáfora pudiese tranquilizarme.
Las palabras del poder me tapan la boca, me frenan las manos, me incendian este papel, me roban la pluma, me violan la privacidad, intentan desanimarme en esta empresa siempre a punto de quebrar que es la humanidad, en este círculo casi perfecto que habitamos, en esta atmósfera casi respirable que nos da vida, en esta vida casi feliz que nos mantiene unos años latiendo.
Y el poder de las palabras que respira cojo, que se muerde la lengua, se burla de sí mismo, que camina asfixiándose, que se lastima los pies entre la maleza, que se hace añicos en cada punto y seguido, en cada punto y aparte, en cada aporte de puntos de vista, en cada esquina que la vida crea para que tengamos que bifurcarnos o empezar a ser mojón. En cada punto final me pregunto sobre el principio.
Quiero imposibles, quiero entender, quiero quererte, quiero saber qué sentís, quiero saber qué quiero, quiero que no sepas que quiero cosas que no quiero querer, quiero mentirme para encontrar la verdad, quiero que no me engañen, quiero que alguien se dé cuenta del desastre del mundo, quiero saber hasta cuando la estupidez ganará la partida, la fe ganará a las ganas, la costumbre ganará al cambio, el impuesto a la vida seguirá recayendo sobre los que más queremos hacerla brillar...
Quiero el mismo imposible que se empecina en imponerme que crea en algo que no cabe en mí, que fui creado por un tipo que no trabaja, que no paga impuestos, que no tiene sangre en las venas, que no tiene deseo sexual, ni impulsos que se contradicen con su razón, ni sentimientos que se contradicen con sus impulsos y sus razones al mismo tiempo...
Pero, ¿quién es ese? ¿Dios? Ese imposible es parecido al mío. Entonces, ¿todo es imposible? ¿Entonces todo es Dios? Entonces, todo es posible, porque Dios me es imposible, y si todo es Dios y Dios es nada, parto de cero en mis divagaciones y no me preocupo más por tanto milagro, y me ocupo de mi alma, que me necesita mucho más de lo que yo necesito a la nada, o sea a Dios. Adiós.
Me gusta acampar acá en este lugar en el que escribo, este paraíso, para eso están estas formas que forman significados que de repente pueden aburrirte. Y entonces digo «Buenos Aires» y disparo millones de imágenes. Digo «madre» y me vienen trescientas veintisiete cosas a la cabeza, digo pito... catalán y el sexo se mezcla con Barcelona y conmigo y quien sabe y quemás. Arde el baúl de la mente y no es culpa mía sino de ellas.Ando explorando. Y usted «paga el pato» de tener que soportarme. ¿Cuánto vale ese pato? ¿Se lo pago y me perdona? ¿Vale mucho menos que esta conexión ese pato de oro de mierda de chocolate blanco? ¿Que adónde quiero llegar con todo este aserrín semántico? Si supiese adónde voy, no hubiese empezado el viaje.Anoche me avisaron que la vida es una fiesta, que ya empezó, que no nos avisaron pero que estamos invitados. Somos parte de este remate de locos, sólo hay que creerse la obrita de teatro que hay en nuestra cabeza, aprenderse no muy de memoria los párrafos que más nos gusten y el mundo se transforma en nuestras ganas de reimprimirnos y reeditarnos sacándonos las erratas que nos molestan.Editar. Meditar. Gente que vive «esto» pero quiere «aquello». Parece que en la vida podemos elegir entre una defensa titánica (de «Titanic», inhundible, lastimado de lástima por un témpano que no oyeron los tímpanos de los vigías en soporífera vigilia), o una defensa titánica (de «Titán», según ficción de la antigüedad, cada uno de los gigantes que quisieron asaltar el cielo. / Sujeto de poder extraordinario que sobresale en algún aspecto).Necesitamos desembarazarnos de esa porquería en que está sumida la humanidad, parir de una vez por todas. Duele hasta los huesos, sí. Y el primer paso lo tenemos que dar nosotros, no otros. Nosotros, con un espíritu de voluntad titánica (segunda acepción) para hacerlo. Es casi lo mismo lograr que algo se disuelva o se resuelva, por lo tanto intentemos empezar a revolverlo. Hasta resolverlo.Todos los días redireccionamos nuestro plan de ataque para que el futuro no atrase demasiado. ¿Sabés cuál es tu límite? Yo no, eso ando buscando en los callejones laterales de estos años mientras tánticos.
Ando germinando, a pie. Estoy metido en la tierra, estoy acá en la Tierra, enterrado de cuerpo entero. Me entero de que las plantas crecen para arriba y para abajo, pero también para los costados, paradas. Y pienso en nosotros, que todavía no aprendimos a crecer ni para adentro. Ando a pie hasta que llego al andén de un tren bajo tierra. Desde ahí deberían verse las raíces del mundo exterior, pero sin embargo hay demasiados gajos de realidad que se interponen entre mi discernimiento y ellas. Corro, camino en cámara rápida para alcanzar el subte, pero lo pierdo por escasos centímetros. Tendré que caminar kilómetros de árido cemento hasta la próxima estación.Camino en línea recta y voy tratando de unir puntos de vista, pero no logro que lleguen a ser una línea de pensamiento, no logro cohesionarlos para explicar este túnel que soy, con luz pero oscuro, oscuro en busca de lucidez, con extraños ruidos enraizados que se niegan a mis preguntas. Y canto sin poder evitarlo, coreando himnos de pregunta que me acribillan las paredes y me agujerean la piel, cada poro es un agujero (negro) que me interroga, cada poro es un pero, cada pero se transforma en un ojo miope que mira para mis adentros, intentando descifrar algún garabato de las hojas verdes inmaduras que me forman.
Cercado. Tengo cercado el enigma, pero es que los enigmas no son como los ejércitos, lo tengo cercado en pocos metros cuadrados, pero no puedo achicar el cerco, sino que el cerco me agranda los límites de la duda, me acerca hacia su negrura, me pide que lo devele, se burla de mi impotencia. Y entiendo que el cercado soy yo. Entre los «peros» espero desenraizarme, volar sobre ellos.
¿Pero es una carencia electiva esto de vivir invadido? ¿O es selectiva? ¿Elección o selección? Parecen sinónimos, sinonimia parcial, pero yo no la elegí a la duda, sino que ella me seleccionó para anidar en mí. Y lo que no sé es hasta qué punto ha penetrado en mis territorios en guerra, si ha logrado corroer mis líneas de conducta.
¿En qué punto estábamos? Ya no encuentro el punto de partida, por eso quiero lograr formar una recta, más fácil de encontrar, como si fuese la recta del horizonte, que sirve de guía para nuestros ojos y nuestra orientación. El túnel no me permite ver el punto de llegada, el punto final, pero desfilan por el andén signos de interrogación, alguno pocos de admiración, pero sobre todo infinidad de oraciones que no ayudan al ateísmo cognoscitivo que obstruye estos poros.
Pero, a diferencia de la superficie de la Tierra, el universo no parece tener arriba y abajo, día o noche, mis semiverdades culturales se esparcen en un océano demasiado grande, y algo que se esparce en el infinito más que esparcirse se pierde. Somos un ínfimo dialecto en el idioma del universo, sistema de signos inconcluso que día a día suma caracteres.
Empiezo a pensar que este mestizaje de verdad y mentira que somos no tiene cabida en el universo, donde existen la verdad y la nada, una verdad que no admite sino el estado puro (la creación y una explicación implícita, vedada a nosotros, incapaces de decodificarla más que a nuestra manera: semiverdadera, incompleta).
Entonces no hay más remedio que la invención, en pos de construir el pedazo de verdad que somos incapaces de traducir, y así amalgamamos la porción que traducimos del universo y ese lenguaje inventado. Las sumamos y da una sustancia elástica, inabarcable, heterogénea, aunque nosotros la veamos uniforme, y le damos un nombre genérico que englobe ese pedazo de verdad y ese otro de invento, y lo llamamos «cultura», «civilización» y hasta «progreso». En el podio más alto ponemos al inventor de esa mentira, como si fuese el descubridor de la verdad, pero el problema mayor radica en que son pocos los que saben que no somos inventores ni descubridores, sino artistas, actores que fingen saber el papel que representan, pero que a fuerza de actuar han aprendido a improvisar, a decir «yo» y convencerse de que saben de lo que hablan...
Al menos quiero delimitar mi yo. Quiero intentar el ejercicio de despegar, descomponer la amalgama, de ver qué queda si nos sacamos la invención. Y sospecho que no podemos, porque sin la invención quedaría sólo la pureza, esa verdad que tiene el germen de sí misma pero que no se fusiona con nosotros, sólo se mezcla de modo imperfecto. Tal vez nuestra incapacidad no sea nuestra culpa, sino simplemente una muestra de la corta autonomía que sólo nos permite tener puntos de vista, sin ver la recta o la línea, sin ver hacia donde se alinean esos puntos.
Un ruido lejano y un levísimo temblor me hacen despertar a la realidad, a lo que pasa, o como prefieran llamarle. Y lo que pasa es el subte, sobre los rieles del tiempo, férreos, implacables. Por eso esta vez intento no perderlo, y lo logro. Me atraviesa una sensación, o tal vez sea un deseo: haber ganado al menos algún milímetro en esta lucha contra la respuesta que me espera al final del túnel, esa estación que todavía no se construyó y pretendo inaugurar algún día.
Amor, sustantivo, verbo, adjetivo calificativo con nombre y apellido, adverbio de modo, de lugar y tiempo, artículo (de primera necesidad), complemento circunstancial de compañía, voz activa en mis oídos, sujeto del que predico tantas palabras, nunca tácito, sujeto expreso simple, predicado verbal compuesto, compuesto por vos y yo, oración bimembre: te amo.
Amor, ¿buscás en mí o busco en vos? Un socio, no un discípulo ni un dios. Un socio que sacie mi sed, infinita, ínfima, infinitesimal. Una sociedad 50 y sin cuenta. Sin cuenta, sinsabores, síndromes, sinfín, simple, sinopsis de los dos, síntesis de dos átomos que tienen carga positiva y son anómalos, porque se atraen.
Amor, estaca clavada en el corazón del Universo que se expande, de éste Universo univerbo que no tiene forma, ni principio, ni tiempo, ni fines ni medios. Tiene miedos, sueños y pesadillas de dos. Existe y protagoniza todo sin que sepamos cuándo ni dónde. Para qué saberlo, la estaca está acá, acá adentro. Tampoco se ve, ni sabemos dónde, pero sí sabemos algo: porqué.
Amor, cláusula indispensable del contrato aplazo en pos de explicar un porqué. Esa respuesta puede explicar toda una vida, incluso dos. Cláusula que clausura a todas las demás, que sume a todas en su esencia, que desplaza y deja sin efecto hasta al afecto, invasor que crece y penetra todo, materia prima de la felicidad, y eventual enemigo de la razón.
El mundo parece ordenado, parece clasificado, parece... Parece. ¿Porqué "parece" y no "es" eso? ¿Porque está hecho a imagen y semejanza de sus destructores, los hombres? ¿Entonces los hombres aparentamos, mentimos? Pero el hombre está hecho a imagen y semejanza de Dios, pero qué malos reflejos tiene Dios entonces, si nosotros, esta raza injusta y autodestructiva somos un espejo suyo...
El mundo parece tan hermoso... parece una biblioteca, ordenada, cálida, interesante, inagotable, acogedora... Pero alguien saca un libro de la primera hilera de la hermosa biblioteca. Un sólo libro que falta y no sólo todo se mueve, sino que el hueco dejado por el libro que he tomado hace que vea detrás la oscuridad que ha dejado al descubierto, y entonces vislumbro lo que la apariencia ocultaba: inestabilidad, libros caídos, abandono, falta de orden, caos...
Y la mentira aparece, cruel, silenciosa, agazapada tras su disfraz. El mundo tiene una fachada maravillosa, esa que nos intenta vender golpes de efecto, esa que nos muestra la palabra "hombre" sin mostrarnos la palabra "hambre", esa que nos vende paz interior para que no la vayamos a buscar a la biblioteca y terminemos descubriendo que era falsa, que era un calmante adulterado.
Y esa mentira nos muestra que la vida debe ser "vida en pose", en vez de "vida en pos de", y todo se tergiversa, todo se enturbia para que nuestra leve capacidad de entender se atragante con máscaras, y eso se conjuga con las pocas ganas de buscarnos que nos da la educación, para buscar la verdad, obligándonos a creer en lo increíble, a pagar el precio de la verdad con la fe, el del espíritu libre con el de la esperanza, y pronto somos un espectro de nosotros mismos, pronto ya dejamos de ser nosotros y somos nos...otros.
Entonces el mundo se transforma en un edificio en ruinas en el que estamos todos juntos en una sola planta, hacinados, miedosos, gregarios a la fuerza, mientras que el resto del edificio viciado está vacío, vaciado adrede para mantenernos controlados.
El ser humano, ese que necesita destruir para construir, ese que construye una explicación en silencio, como ésta, ese que espera ser escuchado y escribe inundado de una terrible ausencia, ese que cree que las revoluciones son silenciosas, porque se producen en los espíritus, porque se producen en cada uno que une pedazos de rompecabezas hasta que comprende un poco, y se percata de que ser feliz en el aquí, ser feliz en el ahora es la manera de serlo, porque querer ir más allá es abordar territorios vedados. Sólo puede ser feliz todo el tiempo un idiota... un hombre que nunca ha sacado un libro de esa biblioteca.
Julián Chappa
"Julián Chappa (Chascomús, Buenos Aires, 1975). Homínido bípedo, «Editor» por la Universidad de Buenos Aires y estudiante «free-lance» de Letras en la Universidad de La Plata. Reside en Barcelona desde 2002, sus trabajos editoriales pueden verse en http://www.ediciona.com/correccion_ortotipografica_julian_chappa-dirpc-3104-8.htm, su «blog textual» en http://www.chappajulian.blogspot.com y algunas «reflexiones visuales» en http://artworkproject.com/profile/JulianChappa. Sus adicciones son: mateína, pejerrey fresco, alpargatas negras «Banderita», literatura francesa, atardeceres de Chascomús, ojos de Azul, «savoir vivre» y simpatía de la gente del sur de Francia y sonido de las olas deshaciéndose frente a mis ojos."
Somos parciales, somos una parte de algo mayor, de algo total, de algo que conformamos pero no conocemos, pero no nos conforma. Ni nos confirma. La vida está plagada de conformaciones y casi vedada a las verdaderas confirmaciones, aunque en ocasiones podamos entrever destellos enceguecedores. El problema es que la potencia de la verdad en estado puro es muy fuerte para nuestros sentidos, es una medida que rebalsa nuestro espectro de posibilidades sensoriales. De allí que la imparcialidad sea sólo una ficción que nos inculcan desde el poder, desde los instrumentos coercitivos que tiene el poder e impulsan a crear una ficción de homo geneidad sapiens que en realidad no es tal. Esta tela de colores llamativos que ponen como telón de fondo (pero que no está al fondo sino delante) intenta tranquilizarnos, hacernos ver que reina el orden, cuando muy bien saben que el Rey absoluto es el caos, lo fue antes de que nosotros seamos vasallos de esos amos esclavizados.
Que curiosos que somos, nos autoetiquetamos como homo sapiens, como los seres capaces de saber, capaces de catalogar todo lo que nos rodea, todo lo vivo y lo muerto que está a nuestro alrededor, pero nada de lo muerto o vivo que almacenamos en nuestro interior. ¿Qué tipo de saber es éste que poseemos? Tal vez la diferencia entre nosotros y los animales sea que ellos tienen un saber que los posee, nosotros con nuestros verbos posesivos, ellos con sus verbos posesores que hacen que no necesiten este instrumento que estoy usando para tratar de salir de mí. Y como nosotros somos los dueños supuestos del saber, tenemos la opacidad capaz de manipularlo, de cambiarlo, de tergiversarlo, de crear paredes donde no las hay, de crear barreras que nos dividen, de destruir la libertad que nos parió, de compartimentar y complejizar innecesariamente la realidad. Pero hablamos de imparcialidad, de objetividad, como si fuesen cartas a las que podemos recurrir, como si nuestro juego dispusiese de esos comodines que harían al mundo diferente, que cambiarían radicalmente las reglas del juego, este juego que no se acaba —como creemos— con la muerte de la reina que creemos ser, sino con el jaque mate al Rey, una pieza que no forma parte del tablero en el que disponemos nuestras fichas con fecha de caducidad. Y enceguecemos ante una pequeña verdad que sí está al alcance de nuestra miopía progresiva: cada día avanzamos hacia un nuevo tipo de ser humano, involución del sapiens, nos deberíamos etiquetar con un poco de esa objetividad de la que somos incapaces. Si nos fuese posible, seguramente nos rebautizaríamos como homo géneos. Entonces usaríamos mejor los verbos, les cambiaríamos el tiempo y el modo, para llegar a vervos. Y nos veríamos con toda la desnudez verdadera, y entenderíamos que no somos poseedores de auténticos conocimientos, sino que nos posee la ignorancia.
Hace años que tengo una idea retráctil incrustada en el centro de mi cerebro. Cada vez que intento asirla con palabras, se cierra sobre sí misma y me impide ver su interior, y el mío. Es como las antenas de un caracol, existen pero casi no puedo tocarlas, necesito tocarla para explicarla, pero al tocarla desaparece al instante como los cuernos de ese animal.
He intentado miles de argucias para engañarla, me he disfrazado, me he camuflado, me he mentido, me he hablado bien de mí mismo para ablandar su sensibilidad o distraerla, pero estoy cerca de concluir que ella es más hábil o inteligente que yo, aunque me cueste aceptarlo.
Con ella me pasa algo similar a esa sensación que nos invade en esos segundos que conectan el sueño y la vigilia, cuando creemos entender lo que soñamos, pero cuando la vigilia (la conciencia) se apodera de mí e intento describirlo... pafff, se diluye. Conozco a varias personas como yo, ¿seremos un acto fallido de la creación?
Me divierte pensar que somos perfectos, sólo que nuestra perfección es anómala, tenemos un error desconocido que nos impide ver las brumas, somos la excepción a la regla de la perfección del universo. ¿Será porque nos crearon el sexto día, ya cansados de trabajar?
La madrugada avanzaba y yo estaba en medio de la oscuridad, invisible al borde de algo, convencido de estar al borde de una revelación, en un estado extraño y placentero. Pero el amanecer se filtró por mis ojos, la luz veló la revelación y ya nada comprendí. Desde ese amanecer sólo comprendo a ciegas. Y entiendo a tientas.
El reloj marca las doce. Un silencio cruel se apodera del pedazo de noche en el que estoy inmerso. Un silencio visual en el que las palabras faltan, porque sobran. Desde que duermo de día y sueño de noche las ideas que tengo del mundo y de la vida han dado un giro importante, un giro que ha hecho que mis estanterías se tambaleen, se desacomoden, me incomoden.
Cada vez que la noche empieza a crecer sobre las cenizas del día, empiezo a ponerme nervioso, sobre todo a partir de las diez de la noche, cuando las dos agujas empiezan a acercarse y a estrangular esas dos horas en las que van carcomiendo minuto a minuto el tiempo que le queda al presente para pasar al mañana, al día de mañana, al futuro que parece tan lejano y está a una vuelta de aguja.
Las once y las rectas siguen confabulándose para estar juntas, sólo me queda un rato para el momento que anhelo, ese instante en el que ambas flechas de metal se superponen y forman una recta que apunta hacia ese «12» perfecto, mientras de fondo suenan las certezas de mi duda, que insiste en extenderse un día más, que insiste en convertirse en parte de mi reloj biológico, que sabe lo que su presencia produce en mis entrañas.
Las dudas me clavan sus agujas, epidérmicas en apariencia, profundísimas en realidad. Nunca he podido sondear hasta dónde llegan, pero creo que es algo inconsciente para no saber hasta dónde se hunden en mí, hasta dónde me usan como un nido caliente para crecer y reproducirse.
Esta noche es algo nuevo que no podría bautizar más que con lo innombrable, con los poros de la razón que se dilatan y dejan que se cuele un vestigio de certeza, perdido en las llanuras de la ignorancia universal. Una llanura llena de jinetes sin rumbo, una llenura vacía, un camino errante que zigzaguea entre los agujeros negros pensando que la luz es la salida.
El reloj me marca las 12 y me apunta al pecho, me apuntala la mampostería de todo lo que no he aprendido, de todo lo que no he sabido desmenuzar antes de la hora bendita, de todo lo que me queda pendiente en el crisol de razas que conformo y me conforma pero no me confirma nada.
Un reloj de arena marca que el tiempo se acaba, que ya se ha formado un desierto de una hora y que ya no son las doce, que ya mis dunas son más grandes, que tiene que ser un oasis ese espejismo...
¿Porqué necesitamos encubrir la verdad? ¿Porqué no somos capaces de mostrar la verdad a secas, cruda, cocida, podrida? Tal vez sea porque a nosotros nunca nadie nos la mostró, porque siempre recibimos mentiras mal diseñadas, ni siquiera se preocuparon de maquillarla debidamente para mostrárnosla. El gobierno es una mentira, encubierta por millones de dólares y millones de personas, encubierta por vos y yo, por tus seres queridos y por los más odiados, cubierta por capas muy gruesas de hipocresía, de inercia, de indiferencia, de miedo.Pero cuando veo por la calle a un niño mendigando veo la verdad, veo una verdad, innegable, ingrata, injusta, una parte de la verdad total, un fragmento insignificante, pero con mucho significado. Que resignifica mi visión del mundo, que me hace odiar al mundo, que hace que ese niño odie al que pasa a su lado sin mirarlo, a mí que pasé y lo miré, pero él no vió que yo lo miré, que pensé en su futuro incierto, y en el mío. Pero él me odia porque aparento ser uno de los tantos que viven bien a costa de su malvivir.Camino por la ciudad. Ayer fue Madrid, hoy es Buenos Aires, mañana será Barcelona. La escena se repite, en distinta medida, en distinta postal, pero inexorablemente se repite, sobre todo si dejo que la noche se apodere de las calles, de las persianas bajas de los negocios diurnos, de mis párpados que se cierran pero quieren abrirse más que nunca para entender, para transmitir en vivo y en directo lo que pasa (frente a mí) frente a frente con la realidad, con el hoy y su aspereza, sin anestesias ni reflejos del sol del estío.En esa noche soy yo el que ve pasar al Mercedes, vidrios oscuros, anonimato visual, al menos el niño mendigo de hace unas horas podía odiarme y soñar con mi imagen, y descargar su subconsciente en un ser humano que represente a todos los que él cree son (somos) los que lo oprimimos como una tecla de ordenador, de este ordenador que estoy utilizando para transmitir esta idea que vibra y no sé si logrará explicarse o sólo eclipsarse ante mi incapacidad de captar con mediana claridad esto que sucede aquí y ahora, pero en todas partes, todo el tiempo.Pero que el niño tenga esa conciencia que mi mente le adjudica es pura imaginería de mi estado mental. Tal vez el habitante del Mercedes nunca se pregunte por la suerte desgraciada de ese niño que ve pasar el brillo de sus cristales, lo más probable es que esté maquinando cómo hará para seguir exprimiendo sus frutos, agrandando la brecha entre él y el pequeño mendigo, acortando ¿sin querer? la distancia entre el niño y yo.Encubro con palabras mi deseo de quebrar ese orden de cosas tan desordenadas, y caigo en la cuenta de que caigo en el mismo perverso juego linguístico-moral al que critico. Tratando de explicarme, entiendo que si no tuviésemos un lenguaje para deformar el mundo, se tornaría insoportable, nos obligaría a la literalidad, a la objetividad de la matemática aplicada a la vida, esa inclasificable masa de hechos conjugados con carne que intentamos ser.
Es eso. Exceso. De vitalidad, encerrada entre estas paredes irregulares que soy, por eso no existe la libertad, por nuestras propias paredes de piel y huesos, por no querer transponer por miedo a las otras pieles, por ignorancia evolutiva. Trabajo en una empresa nueva, propia, que da pérdidas por ahora. Pero hay previsiones de que eso se revierta en poco tiempo. Sé que lo de perder es relativo, ya que dicen que es una inversión a largo plazo, y ese tipo de operaciones nunca recuperan lo invertido de un día para otro. Estoy trabajando en esto muchas horas, me estoy poniendo la empresa sobre los hombros hambrientos, como nunca, como si fuese mía. Porque es mía, porque es mí, porque soy yo.Pongo bloque sobre bloque, construyo con palabras, entonces cada bloque es diferente, de tamaño, de contenido, de color, de textura, de largo y de ancho. A veces los bloques se bloquean, a veces hay agujeros involuntarios, bloques huecos, bloques que amenazan desmoronar toda la estructura, pedazos que no parecen calzar de ningún modo, piezas que parecen ser de otro edificio de palabras, de otro idioma, de otro dialecto, de otra jerga arquitectónica dentro de esta Torre de Babel.He llegado a tirar bloques por inservibles, incluso mi fanatismo por la construcción surgió una noche de hace muchos años en los suburbios, cerca de una de las fábricas de palabras más recordada de Buenos Aires. Caminaba mudo, sin palabras. Desde lo alto, me cayó en la cabeza uno de esos bloques, uno grueso, pesado... Me rajó la cabeza, me hizo sangrar, me desmayó para despertarme, me desmayó para hacerme salir de la realidad lineal. Desde aquella noche accidentada camino acompañado, camino con mi cabeza rajada que nunca más cicatrizó, camino con pérdida de conocimientos que se deslizan por la herida invisible que me quedó entre mi cuero cabelludo, entre mis hemisferios cerebrales. Cada mañana recuerdo el accidente, cada vez que me peino y me hacen sufrir mis rebeldes mechones. Hace poco, cansado de sufrir por eso, decidí pelarme la cabeza, acabar con esa tortura cotidiana, pero sin querer produje otra peor: pelarme produjo un efecto devastador, pocas horas después me costaba pronunciar mi nombre y describir lo que me rodeaba, la mañana siguiente me limitaba a mirar. Tomé un lápiz e intenté garabatear lo que ya no podía pronunciar, para desencarcelar esas palabras que necesitaban salir y no encontraban la forma. Pero fue inútil, mi cerebro enviaba la orden pero la mano había perdido la facultad de traducir en movimientos lo que pensaba. Era insoportable, me postré en una cama, acumulaba deseos, ideas, insultos, frases que no podía ni decir ni escribir, no podía expresarme, no podía ser yo, no podía ser humano. Pocos días después ya comenzaron a formarse nebulosas en mi mente, estaba obligado a recordar cada vez más cosas que no podía expulsar de mí, pero no tenía la capacidad para mantener en mi conciencia tanta información, pero olvidarla significaba perderla, perderla para siempre. Perder la memoria era encontrar el olvido, pero olvidar no era no querer recordar, sino que yo quería recordar pero no podía, olvidaba pero ya no incorporaba recuerdos nuevos más jóvenes, sólo perdía gradualmente el pasado albergado en mi mente. Tardé pocas semanas en quedarme con dos o tres ideas primarias, a las que me aferraba con desesperación, pero era consciente de que se desintegraban muy lentamente, me supe débil, me supe condenado a perder mi última idea. A cada momento intentaba explicarme una idea y a cada momento me resultaba más fatigoso lograrlo. Me obsesionaba pensar que quedaría con la mente en blanco, algo inimaginable, algo horrible, me había transformado en una extraña máquina de mantener vivo al menos un recuerdo en ese presente cada vez más acotado. Finalmente sucedió lo peor, me aferré a ella pero se fue de repente, sólo recuerdo el instante posterior, en el que levanté la vista al cielo a través de la ventana de mi habitación, pero ya no pude entender qué era lo que veía, ni si era celeste, ni el sol, ni la noche. Había fallecido el significado de todo, creo que mi cuerpo aún obedeció algún movimiento final. Había ingresado en el vacío.JULIÁN CHAPPA
Nuestra historia en el norte empieza, en una casita de nieve cubierta, en un día gélido, en un día de invierno.
Son dos niñitas sus protagonistas: una se llama Laura, la otra se llama Silvia.
Viven allá en el norte, en la casa de su abuelita, y cada noche ruegan porque el frío no persista, porque llegue la primavera y el hielo se derrita.
Cada noche una vela encienden, cada noche en la ventana la ponen, para que alumbre al buen tiempo en su camino hacia el norte, a la casa de su abuela, de su abuela querida que, muy enferma, en la cama está tendida.
Piden que la primavera llegue y que a ella le dé energía, que cure todos sus males porque ellas la necesitan.
Más de tres años hace que las sombras persisten, que la luz se muestra huraña, que el calor se les resiste.
¿Dónde estará la primavera? Quizás erró su camino, quizás la cieguen: el viento y el frío. Por eso una vela encienden para que le haga de Lazarillo, y venga presta hacia el norte para recuperar el tiempo perdido.
Y si la primavera no quiere venir pues… que venga su hermano el verano que, aunque de flores no entiende, al hielo no teme, y también derrite la nieve.
Pero que vengan ya, a no más tardar, que el reloj juega a la contra y el resultado será fatal.
¿Quién oirá los ruegos de estas inocentes niñas?
¿Quién responderá presto cuando tanto lo necesitan?
“No temáis”, les susurra la Luna, “que desde lo alto yo veo el camino y, aunque lo pareciera, la primavera no se ha perdido, lo que pasa es que viene lenta, por el peso de su destino”.
Viene lista y preparada para presentar batalla al invierno que no acaba. Viene con sus armas cargadas: de dulzura y de calor; de esperanza y de color; de luz y de armonía. Viene como no vino nunca, para no ser vencida, para que el invierno se retire, para que gane la vida.
CONCHI HITO ORTEGA
Nacida en Vilafranca del Penedès en 1969, es profesora de Matemáticas de secundaria y escritora especializada en literatura infantil, modalidad con la que ha ganado el premio 2007 de cuento infantil del portal yoescribo.com. Combina su pasión por las matemáticas y la literatura en un blog: http://contesmatematics.blogspot.com, donde profesores y alumnos comparten un espacio diferente donde los cuentos tienen algo de matemáticas y las matemáticas algo de cuento.